La mudanza al dormitorio

Las manos sobre la encimera

Ella está de pie en la cocina. Las palmas de sus manos, planas, apoyadas sobre la superficie fría de la granítica encimera. Los dedos abiertos. El cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, como si examinara una mancha en el mármol o escuchara un ruido lejano. El peso lo lleva sobre los brazos, rígidos.

El aire de la cocina está quieto.

Una mujer de pie con las manos apoyadas en la encimera de la cocina

Detrás de ella, la puerta del frigorífico está cerrada. Los armarios, también. Una hornilla de la cocina tiene una gota seca de algo, algo que no se limpió la última vez. En el fregadero, un vaso solitario. Ella no mira hacia allí. Mira hacia abajo, a sus propias manos, a las venas tenues bajo la piel de sus muñecas. La luz de la ventana, filtrada por unas cortinas blancas y delgadas, cae sobre su espalda y sobre el rojo de su cabello, iluminando algunos rizos más claros, casi naranja.

No se mueve.

Los primeros minutos pasan así. En silencio. Su postura no cambia. Es solo una mujer en una cocina, con las manos apoyadas en el granito, como buscando un punto de equilibrio, o esperando a que algo pase. El tatuaje en su antebrazo izquierdo, una línea negra y sinuosa que se pierde bajo la manga corta de su camiseta, queda a la vista. En la cintura, donde la tela se sube un poco al inclinarse, asoma el borde de otro dibujo, negro también, justo encima del hueso de la cadera.

Luego, casi imperceptible al principio, un cambio: la presión de sus manos aumenta. Los nudillos se ponen pálidos, blancos, donde la piel se estira sobre el hueso. Es el único movimiento en toda la escena. Los músculos de sus brazos se tensan un poco más, como si fuera a empujar la pesada losa, o como si necesitara ese impulso para no caer.

La habitación no ayuda. No da pistas. El frigorífico no zumba. El grifo no gotea. Solo están ella, la encimera, y la luz pálida de la tarde en las cortinas.

Finalmente, la tensión en sus hombros cede. Un suspiro largo y silencioso que no llega a oírse, pero que se adivina en el leve hundimiento de su espalda. Las manos se relajan. Los dedos se curvan suavemente, rozando la piedra. Es el fin de algo, o el principio. Y entonces, sin mirar atrás, se separa de la encimera.

Da un paso atrás. Las manos le cuelgan a los lados, vacías. Se queda así un instante más, de pie en el centro de la cocina, mirando ahora hacia el pasillo oscuro que lleva al resto de la casa. A la derecha de ese pasillo está la puerta de la habitación. Ella sabe lo que hay allí.

Da media vuelta. Y se va.

Hacia el pasillo

Los azulejos de la cocina a las tablas del suelo

Sus manos se despegan de la encimera. Da media vuelta y sus pies, descalzos, abandonan los azulejos fríos de la cocina. El suelo de madera del pasillo cruja bajo su peso. Se dirige hacia la puerta abierta de la habitación sin mirar atrás.

La luz del pasillo es diferente, más tenue. Su figura rojiza se funde con las sombras un instante antes de cruzar el umbral.

Ya en la habitación, se detiene junto a la cama. El hombre está allí, recostado, pero ella no lo mira aún. Su atención está en su propia ropa. Los dedos buscan el borde inferior de la camiseta, se enganchan en la tela. Un movimiento fluido de brazos, y la camiseta pasa por encima de su cabeza. El aire de la habitación toca su piel.

Lo parecido está reunido en un mismo sitio: porno.

Queda un momento quieta, con la camiseta colgando de su mano. Luego deja caer la prenda al suelo, a sus pies. No mira dónde cae.

La siguiente es la falda. El cierre lateral cede con un sonido metálico y sordo. La tela se desliza por sus caderas y forma un círculo oscuro alrededor de sus tobillos. Ella sale de ese círculo con un paso breve. Ahora solo quedan las bragas.

Se inclina ligeramente, metiendo los pulgares en la cintura elástica. Un gesto rápido, habitual. La prenda baja hasta los muslos, luego hasta las rodillas. Se agacha un poco más para terminar de liberar los pies. Cuando se endereza, está completamente desnuda.

La espalda queda al descubierto, y con ella el dibujo tatuado justo por encima de la cintura. En el brazo izquierdo, otro diseño más complejo se revela completamente. Su piel es pálida a la luz que entra por la ventana.

Permanece de pie un minuto, quizás dos. Su respiración es tranquila. Recoge la ropa del suelo de un solo movimiento, sin orden particular. La camiseta, la falda, la ropa interior. Lo amontona todo y lo deja sobre la tapa de la cómoda, al lado del recipiente de la planta. Las prendas forman una montaña desordenada y suave.

Da la espalda a la cómoda y por primera vez desde que entró, su mirada se dirige directamente hacia el hombre en la cama. No sonríe. No frunce el ceño. Solo mira. Sus pies se separan un poco más, anclándose en el suelo.

Todo esto ha llevado tiempo. Los movimientos han sido deliberados, ninguno rápido. La mayor parte del tiempo entre el minuto dos y el cuatro lo ha ocupado este proceso de desvestirse y dejar la ropa a un lado.

El rojo de su cabello contrasta con la pared clara a sus espaldas. No hay prisa en sus gestos. Cada acción ha sido completa antes de empezar la siguiente. Ahora, ya sin nada que quitarse, su cuerpo inmóvil precede al siguiente movimiento.

Sin ajustar un solo paso

El vestido rojo cae al suelo, un charco de seda a sus pies. No lo recoge.

Una habitación vacía sin muebles ni personas

Se queda de pie junto a la cama, quieta. La luz de la lámpara de la mesilla le da justo en la espiral de tinta del antebrazo izquierdo. Él está tumbado en la cama, observando. Ella mira la pintura de la pared, luego la planta en la maceta, luego las cortinas blancas. Mira todo menos a él. Respira hondo. Y en esa respiración, algo se rompe. El hombro se endereza. La barbilla se levanta. El gesto de esperar se le borra de la cara.

Así es como se desarrolla el minuto, paso a paso:

Cuándo Qué pasó Qué cambió después
En el primer instante Ella se desprende del vestido Queda expuesta la piel pálida y el pequeño aro plateado en su ombligo
Unos segundos después Ella permanece inmóvil junto a la cama La quietud deja de ser expectativa para volverse desafío
Al medio minuto Ella cruza la mirada con él por primera vez La tensión deja de fluir solo hacia ella para equilibrarse
Pasados cuarenta segundos Ella gira lentamente sobre sus talones Le presenta la espalda y la flor tatuada en la base de su columna
Cincuenta segundos dentro Ella apoya una rodilla en el colchón El peso de su cuerpo hunde la cama y acorta la distancia entre ellos
Al final del minuto Ella se sube completamente a la cama El espacio que los separaba desaparece por completo

Y así, sin una palabra, sin un gesto suyo que la guíe, ella ocupa su lugar. La cama cruje un poco bajo su peso. Las cortinas no se mueven. La planta sigue en su rincón. El mundo exterior se queda donde estaba, al otro lado de la ventana.

Mientras tanto, sus manos

El punto sin retorno

Ella se acerca a la cama y se sienta de costado sobre sus rodillas. La tela roja del vestido se tensa sobre sus muslos. Su mano izquierda, la del tatuaje en el antebrazo, se posa en la pierna del hombre, justo por encima de la rodilla. La mano permanece quieta, los dedos abiertos, como midiendo el calor a través del pantalón. Él no se mueve.

Un minuto pasa, o menos. La luz de la lámpara en la mesilla de noche se refleja en un vidrio sobre la cómoda. Entonces, ella se ajusta. Gira el cuerpo con una fluidez deliberada, sin levantar la mano de su pierna, hasta quedar de frente a él, montándolo. Ahora sus rodillas se hunden a ambos lados de sus caderas en el colchón.

Sus manos tienen tareas distintas. La derecha busca algo en el bolsillo lateral del pantalón que él lleva puesto. Saca un frasco pequeño, ovalado, de plástico azul. Lo sostiene con la punta de los dedos. La otra mano, la izquierda, abandona la pierna del hombre y sube. La palma se apoya plana contra su pecho, no para empujar, sino para sentir. Para estabilizar el leve balanceo que produce el movimiento de su brazo derecho al agitar suavemente el frasco.

Ella mira el frasco. Él mira sus manos.

  • Un frasco de plástico azul, medio lleno de un líquido viscoso.
  • La funda de la almohada, arrugada y desplazada.
  • El reflejo de la lámpara en el vidrio de un cuadro colgado en la pared.
  • Las sombras de las plantas moviéndose sobre las cortinas blancas.
  • El vestido rojo, subido por encima de sus rodillas.
  • La hebilla de un cinturón, metálica y fría.
  • El borde de una taza de cerámica olvidada en la mesilla.

La mano en el pecho no presiona, pero su peso es constante. Con la otra, destapa el frasco. Vierte una gota brillante en la yema de sus dedos. La gota se queda ahí, temblorosa. La mano que sostenía el frasco lo deja caer sobre la colcha, al lado de su muslo. Ahora ambas manos están ocupadas. Una, extendiendo la sustancia entre el índice y el pulgar. La otra, anclada en el centro de su torso, un punto fijo alrededor del cual todo gira. El aire en la habitación es el mismo de hace diez minutos, pero ahora huele a almendra.

Él sigue sin moverse. Respira. El pecho sube y baja bajo su palma. Ella junta las yemas de los dedos, ungiéndolos, y luego baja la mirada.

Hasta el fondo

Ella baja la cabeza. Su pelo rojo le cae sobre los hombros y oculta su perfil. Su espalda se arquea en una curva perfecta sobre el hombre que está debajo. Sus labios se abren.

La boca envuelve la piel. La cabeza de ella comienza un movimiento lento, constante, de arriba abajo. Un ritmo que no se rompe. Su mano izquierda, la del tatuaje en el antebrazo, se apoya en su propio muslo para mantener el equilibrio. La derecha no se ve.

Él no se mueve. Permanece recostado en la cama, una sombra quieta bajo el vaivén de ella. Sus manos están fuera de vista, quizás a los lados, quizás en la espalda de ella. No hay forma de saberlo.

La luz de la lámpea de la mesilla golpea el sudor en la nuca de ella. La planta en la maceta, la pintura en la pared, las cortinas blancas. Todo es estático. Todo es un telón para ese único y lento movimiento.

Ella sigue así. Minuto tras minuto. Hasta el fondo.